Los abedules se tornaron sauces cuando se marchó. Esta Kokoro, dulce como la dinamita, echó a volar sollozante y decidida. Tan hermosa como la Kokoro primigenia y un poco más amada, dejando a su paso una antología de corzas buscándola.
Y Francesca se murió de pena cuando sus propias alas ardieron.
Y Francesca se compró mil faldas de flores con la esperanza de que Kokoro quisiera recostarse en su regazo, caída del cielo. Esperando en el bosque, desnuda como una niña. Amando desesperadamente todas y cada una de las moléculas que componían cual acorde a Kokoro, a oscuras, a ciegas.
Hasta que llegó Dara.
Dara no desterró las tinieblas, ni lo intentó. Dara se acercó a la chica flor y depositó sobre su falda un libro de una sola edición, un libro que nadie había visto y nadie más que ella vería. Dara le dijo que estaba bien amar a quien jamás volverá a tu lado, que las corzas japonesas están en peligro de extinción.
Dara resucitó a Francesca y Kokoro.
Ha sido como oler el bosque y verte sonreír.
Como si algún día fuera a volver a verte.
Como si me quisieras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario