Kokoro, siempre fue Kokoro, a través de los años y los cuerpos. Kokoro mía, alma mía... Cómo hablar de Ella sin perderse en sus maldiciones póstumas
Hablemos de Francesca, que lleva tantos años bajo la piel. La de los vestidos de flores y los ojos tristes, incluso de vieja. La que habla de su amor muerto como si hubiera dejado de quererla. Porque Kokoro era todos los hombres de su vida.
Hablemos del hombre que ama a Francesca y acepta que jamás será suya. Claro, ella tiene esas piernas suaves, los labios bonitos y manos de pianista, pero su corazón murió con la dama de oriente. La mujer japonesa la domina y cuando yacen, ahí está ella también, en los labios de Francesca, en su forma de no abrazarlo después. Lo peor viene cuando está también en su lengua, y habla de ella, desnuda y ajena a sus sentimientos. A veces llora. ¿Cuántos años han pasado?
-Algún día tendrás que olvidarla, Francesca.
Ella nunca se enfada con cosas así. Sonríe tranquila y sus ojos siempre tristes se vuelven líquidos, llenos de vida, como cuando Kokoro aún vivía.
-Algún día tendré que vivir enjaulada entonces.
No la entiende. Cree que ya vive en una jaula, entre los recuerdos de una mujer que tal vez ni siquiera la amó. Vive encerrada en los brazos de Kokoro, que ni siquiera muerta la deja marchar.
Pero qué feliz es Francesca con sus alas negras, viviendo de ella. Pensando una y otra vez en como será su reencuentro. Cansando a los días en una espera continua. Anhela sus labios y sus ojos rasgados; le saben amargas las noches con otros cuerpos, en distintas camas. Se atreve a desear la muerte en voz alta.
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